La marchantica. Microrrelato de mi infancia.

La marchantica.

Viví una infancia en tiempos dorados y bordados por la belleza de la ternura, la fantasía y las experiencias hermosas que nos proporcionaban nuestros padres, familiares y amigos que integraban nuestro círculo de vida, en la década de 1960.

Cada día me siento más feliz de haber tenido tantas experiencias que, al fin y al cabo, enriquecieron cada episodio para luego, en la lejanía de los calendarios, recordar con sumo agrado, y hacer de esos intocables y delicados capítulos, un tesoro.

En esta ocasión voy a referirme a La Marchantica, que era un vehículo pequeñito, de 3 ruedas y con capacidad para llevar al conductor, pero a veces «se infiltraba» un pasajero que quería agarrar una colita o aventón, pero debido a que este carrito no podía soportar tanto peso, eran trayectos cortos.

La Marchantica que conocí, siempre era de color blanco o de azul suave, y contaba con cabina y caja en la que se encontraban los deliciosos helados, los cuales creaban desesperación en los niños. Igualmente, portaba barquillas de mantecado, chocolate o fresa.

Y para mayor emoción, hacía sonar una canción instrumental infantil para anunciar que el heladero estaba llegando, y que presionaran con el objetivo de adquirir aquellas sabrosuras congeladas.

Había helados de paleta, y los más caros eran los pastelados, hechos de mantecado, y forrados por una capa de chocolate marrón oscuro. También había helados de varios colores, entre los cuales había de fresa, limón verde, y piña.

La Marchantica con su bulla lo que hacía era alborotar al pueblo que, por lo general, era silencioso y todo cubierto de tranquilidad y quietud.

Lo triste era cuando nuestros padres no nos podían comprar esos helados porque no había dinero disponible para chucherías y golosinas. Los helados no podían ser comprados sin dinero.

Muchas veces me quedé llorando cuando La Marchantica se iba alejando tanto en presencia como en volumen, con la inolvidable y pegajosa cancioncita.

Y para compensar un poco la situación, mamá Cecilia nos hacía unos helados de Kool-Aid de colita, pero era solo un mitigador de la frustración de no poder tener los pastelados y barquillas tan apetecibles.

Hoy La Marchantica me ha dado de lleno en la nostalgia del corazón. Hace muchos años que ni siquiera veo un carrito de esos, abandonado en un monte .

Le doy gracias a Dios por esas vivencias de mi infancia. Y aunque es aparentemente imposible, yo siempre espero *La Marchantica en mi urbanización Pariapán.

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