El maquillador de cadáveres lírico. Microrrelato original.

El maquillador de cadáveres lírico.

Más de 30 años trabajando en una funeraria como maquillador de cadáveres, y nunca su sentimiento había sido estremecido de esa forma bárbara, al ser llevada al lugar la muchacha más hermosa de su pueblo.

Rubén siempre le lanzaba cumplidos al ver su esplendor y elegancia por la calle, y hasta algunos versos de poemas le salían para exaltar la belleza de tan hermosa mujer.

Ella había sido reina de las fiestas de ese pueblo hasta 4 veces, y a los 20 años, cuando se disponía a obtener la quinta corona de manera consecutiva, un accidente automovilístico le hizo perder la vida, y poner a llorar a todo un conglomerado que la quería, aclamaba y admiraba. Esta sería su última participación, para luego intentar ceñirse la cinta de Miss Venezuela, y luego de Miss Universo.

A su mente acudió el famoso poema del bardo Fernando Cesteros, de nombre Anatomía lírica, y una equivalencia de circunstancias se le presentaba en esta oportunidad a Rubén, el maquillador de cadáveres más conocido de todos los tiempos en la población.

Llegó la ambulancia con un cuerpo sin vida, y Rubén, con la habitual reacción ante estos hechos, estaba esperando para que lo bajaran, y realizar su labor de rutina, para la que generalmente, se hallaba de buena disposición, algo que es esencial en este tipo de ocupación.

Pero Rubén experimentó el mayor impacto de su vida, al serle levantada la sábana al cuerpo recién ingresado.

Sin control gritaba:

—¡Noooooo! ¡Noooooooooooooooo! ¡No puede ser, Dios mío! Es Marisela la reina. ¿Cómo le pudo suceder?

Tuvieron que calmar a Rubén porque estaba muy afectado, y tenía que estar más tranquilo, para proceder a preparar el lindo cuerpo de la muchacha, que en esta oportunidad no le despertaba sino tristeza y lamentación.

Aquella figura cuasi perfecta en facciones y constitución física no tenía la motivación de cuando estaba viva. ¡Y el último maquillaje lo tenía que hacer Rubén!

Aquel cuerpo que se movía con donosura, ahora yacía sin vida sobre una mesa, y era Rubén quien tenía que arreglarla, y ponerla más bonita para su despedida.

La anatomía lírica de Fernando Cesteros seguía latente:

—¿Cómo puedo yo preparar tanta belleza para introducirla en un ataúd?

Con toda la amargura, se quedó con ella en el departamento asignado, y contemplándola decía:

—¡Qué bella eras, Marisela!

Las lágrimas caían con grosor de estremecimiento, hasta que concluyó el maquillado que la había dejado como si estuviera viva. Y él le dibujó una bella sonrisa.

Luego de terminar, hizo que entrara el personal para que la metieran en el ataúd.

Por primera vez, Rubén se había encargado de él mismo llevar el cuerpo a la sala donde velaban a los difuntos, y más aún, era la primera vez que se quedaba durante toda la noche, acompañando a la muerta, sin separarse de ella.

Al momento final de ser mostrado su rostro a los familiares y amigos, volvió a sentir la fuerza del poema con la última sonrisa que Marisela le dejaba en su despedida:

…volví los ojos para ver la muerta, ¡y me estaba sonriendo todavía!
(Poema Anatomía lírica. Fernando Cesteros, últimos dos versos)

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