El ocaso de un amigo. Microrrelato real.

# El ocaso de un amigo.

¿Cómo empezar a escribir acerca del final que se aproxima, irremisible e irremediablemente, para un hombre cuya amistad se inició en octubre de 1976, y éramos compañeros de trabajo y de la vida pues laborábamos en una escuela, él con educación física, y yo con unas horas de inglés.

Eduardo para ese fecha contaba con 36 años, y yo con 22, pero el trabajo, las parrandas y la música hicieron que estrecháramos una comunicación que cada semana se cimentaba y fortalecía, en un vínculo sincero y de confianza.

Él tenía un volkswagen de color gris, y aún recuerdo las placas JAN-321, y apenas llegaba el viernes, nos poníamos de acuerdo para salir a parrilladas, cumpleaños y cualquier motivo donde el cuatro tuviera motivo de usarse.

En diversas ocasiones viajábamos a otros pueblos, como San José de Guaribe, Tucupido o Valle de La Pascua, y retornábamos el domingo por la tarde.

La diversión hacía de las suyas y la gente admiraba a aquel profesor que trabajaba con más de 15 secciones a la semana, y además, cuando terminaba sus labores, trotaba un par de horas en la tardecita.

Expresiones como capacidad vital, sobrealimentación, o entrenamiento anaeróbico eran los lemas de su vida.

De esa manera duramos unos cuantos años, e interrumpimos nuestra amistad debido a que fui cambiado de escuela, y ya las parrandas juntos disminuían en número y frecuencia hasta que se disolvió , también debido a que me casé en 1985. El profesor Eduardo era casado y tenía 6 hijos.

De vez en cuando yo pasaba por un negocio que administraba él mismo en el sector Los Bagres, y que contaba con una especie de piscina, además de que los fines de semana actuaban conjuntos criollos de arpa, cuatro y maracas.

Eduardo presumía de sentirse joven todo el tiempo.

Con su jubilación, se recogió más a su vida familiar, y la muerte de su hijo mayor fue un duro golpe en su existencia.

Llegué a hacerme amigo con Liborio, un hermano suyo 2 años menor que él, porque está en la asociación de jubilados, y ahí todos los afiliados compartimos muy a menudo de juegos y celebraciones.

Hace 4 meses iba por el centro y vi una camioneta azul oscuro, de su propiedad, que era conducida por su hijo José Gregorio.

Con entusiasmo lo fui a saludar, pero quedé sorprendido cuando observé que Eduardo ya no estaba en la realidad de este mundo. El mal de Alzheimer se ha encargado de ir apagando toda luz de conocimiento y de conciencia.

Ayer supe que cada vez su salud es diezmada por otros males propios de la edad de 79 años.

¿Es el ocaso de Eduardo?

Le pido a Dios que le bendiga y que, aun cuando luce disminuido, acepto la frase de que donde hay vida, hay esperanza.

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