Aquellos ojos azulitos. Prosa poética. Original.

Aquellos ojos azulitos.


Nunca he podido olvidar aquellos preciosos ojos azules, que semejaban toda la concentración de la más bella coloración con sus giros a mar Caribe y a lagos de Valencia o de Maracaibo, o al cielo de Mochima, y de la misma ciudad de Mérida, en sus apariencias de claro día.

Eran ojos así azulitos, como la llama de los fogones de leña o reverberos, o como las alas de los azulejos que a diario daban conciertos en los árboles de mi vecina Modesta Bandres, allá en 1962, cuando en familia nos reuníamos a agarrar el aire fresco de la tarde.

También los asocio a los dibujos que hacía mi prima Caridad, que siempre proyectaba ser una artista de la témpera, del pincel o de a acuarela, y hacía barcos de intenso azul, que reflejaban el color de esos ojos azulitos.

Y no se quedaba atrás el azul seda con que hacíamos nuestros papagayos, y que se elevaban a una altura y lejanía considerables.

Eran unos ojos azulitos de los que me enamoré, pero solo de esos ojos, porque ya hecho poeta, me empezaron a cautivar ojos, sonrisas, rostros, cuerpos y voces.–

Decir el nombre de la dueña de esos ojos azulitos no es necesario, y me lo reservo porque siempre la he visto con esos ojos de belleza e inspiración que tenemos los poetas.

Ojos azulitos. Ojalá que me recordaran con la misma dedicación con que lo hago con ellos.

De seguro, que de esos ojos azulitos saldrían llamas como de los fogones con leña, que quemarían mi alma de recuerdos y dulces evocaciones.

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