Miedo. Microrrelato de terror. Original.

Miedo.


Nunca antes en su existencia, Dinora había sentido un miedo de tan considerable impacto, pues había vivido en la tranquilidad de un pueblo que la vio nacer, y otro que la vio crecer y formarse en todos los sentidos. Como alumna de primaria, como adolescente de bachillerato, y como profesional de la docencia.

Miedo. Palabra que le ocasionó miedo, por primera vez aquella noche, cuando tuvo que quedarse sola en esa casa tan grande y, para mayor angustia, haber visto una película de terror en la soledad absoluta de esa casa. Era el filme de una rata gigantesca y cruel, de dientes afilados.

Le costó quedarse dormida, y cuando lo hizo, de repente despertó despavorida, y salió a la calle tratando de huir, pero fue peor pues esa calle estaba fría, desierta y negra.

Con temor y temblor mayores, regresó a casa, y al ubicarse en la entrada de la habitación, sintió como que una enorme rata, idéntica a la de la película, la esperaba parada y con intenciones de enfrentarla, pero Dinora no tenía ni fuerzas ni decisión para pelear con semejante animal.

Aun así se fue por la parte trasera, y entró en la habitación, a la vez que empujaba la rata hacia afuera, y cerraba la puerta para intentar dormir de nuevo.

Y entró en un sueño pesado. Mala experiencia. ¡Empezó a soñar que la misma rata la estaba atacando! Despertó con el corazón palpitándole violenta y seguidamente.

Un vaso de agua le hizo tranquilizar un poco, y un libro de deportes logró distraer también la situación que la acosaba.

Las 6 de la mañana. ¡Le había llegado lo que tanto deseaba!

Tenía el rostro cansado y mucho sueño, pero se negaba a dormir hasta que llegara alguien a casa.

Dinora, la atormentada Dinora, al fin podía respirar con tranquilidad, porque había llegado su familia a casa, y ellos al verla, notaron que se había trasnochado en exceso.

Ella no contó nada, y les avisó que iba a descansar un poco y nada más. Y cuando se acostó, vio como una enorme rata salía de la habitación. Pero esta vez se dio cuenta de que esa rata no existía, sino en su impresionada imaginación.

Cerró la puerta y, totalmente relajada, se dispuso a descansar, ya protegida y acompañada.

Y se prometió nunca más ver películas de ese corte.

Que Dios nos bendiga cada día.

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