El reloj programado. Microrrelato de ficción. Original.

El reloj programado.


Iba Eduardo Luis caminando muy tranquilo, como de costumbre, por la vía que conduce de su casa al lugar donde laboraba como administrador de una pequeña empresa ubicada a unos 3 kilómetros de distancia.

Como no había acceso de vehículos debido a lo intrincado de la zona, tenía que hacer el recorrido a pie, algo que realizaba con mucha alegría y entretenimiento pues iba cantando temas de Vicente Fernández o de Reynaldo Armas, sus 2 cantantes favoritos, mientras cortaba pequeñas flores campesinas, que arrojaba de inmediato al suelo.

Eduardo Luis contaba con 26 años, y en una de esas idas al sitio laboral, sintió unas ganas incontenibles de internarse en un claro de luz, que ofrecía la tupida maleza, y de forma muy natural, deslizó y frotó la parte delantera del zapato derecho, y esta vez sí sus ojos se abrieron más de los normal, y su corazón palpitó con aceleración, además de abrir los ojos con impresión, al notar que era un reloj extraordinariamente brillante.

El hombre agarró el reloj y lo observó de modo somero, y como pesaba como 6 kilos, lo volvió a tapar, después de percatarse de que no había sido visto por nadie, con la intención de llevárselo de regreso.

Reanudó su marcha, pero iba cavilando el hallazgo misterioso del camino.

Esa mañana no se concentró en su trabajo, sino que se limitó a refrescar imágenes del reloj a cada minuto que iba pasando.

Entre pensamiento y pensamiento, al fin llegaron las 12 del mediodía, y con más prisa que cualquier día anterior, se dirigió en la búsqueda del reloj, y comprobó que allí seguía, aún con las huellas de su zapato derecho.

Con el mayor cuidado asió la prenda encontrada, y la introdujo en una mochila que había calculado para que cupiera, y fue perfecta su cuadratura.

Al llegar a casa, se quedó reflexivo en si le contaba a su esposa, pero como nunca había tenido secretos con ella, le reveló todo lo acontecido, y ambos entraron en su habitación, y en ese instante se dio inicio a una situación que alteró la cotidianidad de la joven pareja de Eduardo Luis y Mireya: ¡El reloj estaba andando!

Así como estaban de acelerados y expectantes, lograron levantar la tapa, y después de extraer el reloj, encontraron una lista de personas, y para sorpresa mayor, en esa lista estaban los nombres de todos los habitantes del caserío, y cada uno tenía grabada la fecha en la que iba a morir.

Se vieron los rostros con mucha preocupación, y al detallar sus fechas, sintieron cierto alivio porque les quedaban más de 40 años de vida a cada cual. Pero a sus padres las fechas no les favorecían. A ninguno de los 4 les daban siquiera 2 años como máximo.

Era algo angustiante, y al final de la lista había un aviso que decía que si quien encontrara este reloj, llegase a revelar lo que contenía, adelantaría la fecha de su muerte.

Y todo se iba cumpliendo tal como estaba escrito: primero murieron los padres, y luego las madres, en un lapso menor a los 2 años. ¡El reloj no mentía!

Cada día revisaban las fechas y, cuando corroboraban a quien le correspondía su hora, ellos se preparaban y asistían a los velatorios, sin haber sido informados de las muertes.

Como a los 3 años, ocurrió algo desastroso: el reloj desapareció, sin apariencia de haber entrado nadie en casa, y sin haber dejado huella alguna de violencia para ser tomado.

Lo buscaron con desesperación, y discretamente visitaban casas vecinas, pero no había rasgos de nada. No se sabía qué había pasado con el reloj.

Ninguno de los 2 recordaba las fechas de muerte de ninguno de los habitantes, y se vieron tan trastornados de salud mental, que llegaron a necesitar de tratamiento psiquiátrico que, a fin de cuentas, los trastocó más, y ambos terminaron, justamente, en un hospital de tratamiento psiquiátrico.

Nunca más recobraron la memoria ni la cordura.

Que Dios nos bendiga cada día.

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