Mirósclates. Microrrrelato de m infancia.

MIRÓSCLATES.


¡Qué y cómo te pudiste haber imaginado que me iba a acordar de ti, Mirósclates, después de 58 años!

Sí, hoy llegó a mi memoria tu rostro de hombre catire curtido, y de ojos azules castigados por las inclemencias del sol.

Tu cabello negro, a través del peine de la evocación, alisó la senda para traerte en este instante con aquella vocecita orlada de capullos de ternura, para las muchachitas que se volvían tremendas.

—No llores, mi «Caridaíta», que te van a salir los fantasmas. ¿Por qué no te comes una chupeta?

Y luego, cuando llegaba montado en su bicicleta de reparto, la alegría viajaba en ese cajón dadivoso pues, de seguro, Mirósclates traía caramelos, frutas, o uno que otro juguete, como gurrufíos, trompos o dados, para que nos pusiésemos a jugar, y todo de acuerdo con la época del año.

Ahora me pongo a recordarte. Ni un indicio de maldad. Ni una muestra de disgusto ni desacuerdo hacia persona alguna, Mirósclates.

Cuando mi familia decidió mudarse, a ti te quedaba poco tiempo de vida porque ya estabas viejo, Mirósclates.

Pero ¿cómo no recordarte con cariño? Aquella bondad, aquellos gestos de amigo imperecedero nunca dejaban de emanar de tu forma de ser.

Nadie más te volvió a mencionar, Mirósclates, desde que nos vinimos a la ciudad. Y ni mi mamá ni mi papá nunca más volvieron a decir tu extraño nombre. Mirósclates. No sé de dónde proviene, pero sí lo asocio a filósofos o personajes de la historia como Aristócrates, Aristóteles o Aristófanes.

Sí, fuiste un filósofo para los niños de entonces, y ni siquiera la maestra nos trataba como tú.

Te remembro con ese afecto de aquellos tiempos, Mirósclates, y ya quisiera que te pasearas de nuevo con tu bicicleta de reparto, para hacerte un piquete de niños contentos de esperarte.

Gracias a Dios por esta memoria.

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